10 abril 2007

Músicos callejeros

Street musician money. Fotografía de SapphicNickel

Hoy me han asaltado dos historias que bien pueden considerarse las caras opuestas de la misma moneda. Me cuenta mi compañero-y-a-pesar-de-todo-amigo Tomás que tuvo la ocasión de deleitarse en su lugar de vacaciones con una cantante que interpretaba de forma exquisita en la calle acompañándose únicamente de un acordeón que ella misma tocaba. Y no podía menos que preguntarse cómo una mujer con esas dotes no era contratada de inmediato por cualquier casa discográfica en lugar de los terribles cantantes que nos atacan desde cualquier emisora de radio o televisión, que tienen los estantes de sus mansiones llenos de premios internacionales y de discos de platino (a pesar de las enormes caidas de las ventas causadas por la piratería, pero ese es otro tema)... y carentes en su mayor parte no sólo de una formación vocal mínima, sino también del más leve atisbo de gusto musical... y que además no son capaces de cantar en directo si no es acompañados de toda esa parafernalia tecnológica que les proporciona los decibelios y las aptitudes de las que por naturaleza carecen.

Y cuando abro el correo, de la mano de mi hermano y-a-pesar-de-todo-amigo Luis, me encuentro con la increíble pero cierta historia que publicaba hoy El País: Impasibles ante un Stradivarius, y que os cuento resumidamente. El diario The Washington Post tuvo a bien realizar este curioso experimento: colocaron a un famosísimo violinista, Joshua Bell, que, como afirma el periódico, había colgado el cartel de "no hay entradas (de a 100 euros)" a principios de año en el Boston Symphony Hall, vestido sencillamente con vaqueros, camiseta y gorra, armado de un violín Stradivarius de 1713, en una de las más concurridas estaciones del metro de Washington en hora punta y tocando la Chacona de la Partita para violín solo de Bach. No sé si porque la música no es demasiado pegadiza, o porque a las horas punta cada uno tiende a mirar el ombligo de sus propias preocupaciones y no se entera de nada de lo que pasa a su alrededor, o quizá porque no pasaba ningún Tomás por allí, o vaya usted a saber por qué... el caso es que durante los 47 minutos que permaneció tocando, de las más de mil personas que pasaron, siete se pararon más de un minuto, tan sólo recaudó 32 dólares y únicamente fue reconocido por una aficionada que no podía dar crédito a lo que veía y oía...

Estas dos historias tan distintas y tan iguales han contribuido a que hoy, más que otros días, me pare a pensar en la enorme dificultad de mi labor docente. Sé que casi todos mis alumnos no sólo no se hubieran parado a escuchar al bueno de Joshua, con su Bach y su Stradivarius, sino que incluso habrían acelerado el paso; pero ellos son adolescentes, con una muy escasa formación (no sólo musical y artística) y un gusto musical que salvo honrosas excepciones está fundamentado en los 40 principales; pero eso no es lo peor. Estoy segura de que ni siquiera muchos universitarios se habrían acercado, ni muchísimo menos todos esos políticos que se hacen ver en los sitios de honor reservados para autoridades en los conciertos de los mejores músicos. Esos responsables de nuestra educación ¿serían capaces de distinguir lo mejor de lo mejor... si se camufla bajo el disfraz del músico callejero?... La música, el arte, la cultura, toda esa riqueza que nos convierte en humanos terminará por desaparecer, porque seguirá en manos de quienes la utilizan sólo como algo accesorio y elitista, un adorno vacío para realzar su gloria y su poder.

Actualización: en el blog Aula de Música he encontrado el enlace a la página del Washington Post en la que se pueden ver los vídeos que grabaron los periodistas. No tengo palabras para explicar la desolación que me han producido, aunque esté acostumbrada a comprobar la indiferencia que la belleza de la música produce en la mayoría de la gente.



Chacona de la Partita para violín solo nº 2 de Johann Sebastian Bach, interpretada por Jascha Heifetz.

SÍ A LA MÚSICA

3 comentarios:

Tomás dijo...

Ante esta mujer la gente se paraba y guardaba un silencio respetuoso, se formaban corros alrededor de unas 50 u 80 personas, me es muy dificil calcular, a veces más, y allí entre las sillas de la calle esta señora, sola, con su acordeón, nos cantaba las arias de ópera mas preciosas, las más bellas, El Ave María, y cuando terminaba que nos tenía a todos sin aliento por la emoción, la aplaudiamos todos a rabiar, todo el mundo le dejaba dinero en una bolsa que tenía al lado, niños con sus madres, señoras, abuelas, señores con muletas,deportistas, todos. Pero lo más curioso es que al lado, a unos 15 metros dos chicas con cámaras de una conocida cadena de televisión, que no digo para no avergonzarlos, con las cámaras en el suelo se tomaban lenta e indolentemente un helado. Espero que a estas horas esta mujer esté cantando en algún local con piano de los muchos que hay. Si sigue en la calle este mundo yo no lo entiendo.

Antonio dijo...

HAce unos años, cuando mi hija era apenas un buñuelo de crema recién nacido, pasé unos días de verano en la playa de Calpe. Frecuentábamos una animada heladería, en la que un chino con coleta tocaba una guitarra desvencijaba y aullaba viejos temas roqueros mientras una pareja de obesos alemanes, ciencuentona ella y sesentón él, exhibían sus acrobacias y regalaban al público de primera fila salpicaduras de su sudor.
Pues bien en la puerta de la heladería tocaba la flauta travesera el mendigo más mendigo que he visto jamás. Borracho las más de las veces, sucísimo, despedía un olor nauseabundo, su flauta sonaba, cuando sonaba, como un gorrino que se desangra en la mesa de la matanza. La gente le daba algunas monedas para que se callase.
Pero una mañana, mientras paseaba a mi niña en su carrito, lo vi en una calle del pueblo, lejos del barullo turístico y de la muchedumbre playera. No pedía limosna, no estaba ebrio; dejó en el suelo un bocadillo a medio roer y cogió la flauta. Si la memoria no me falla, creo que lo que tocó fue la "Danza de los Espíritus bienaventurados", de la ópera "Orfeo y Eurídice" de Gluck. La interpretación fue estremecedora... ¡Qué dulzura! ¡Con qué mimo paseaban sus dedos por el instrumento! ¡Qué bello se volvió aquel hombre derrotado! Me quedé, oculto tras la esquina, a escuchar aquella sonata para un público ausente.
Por la noche, de nuevo hundido en el pozo de su miseria, volvió a castigar su flauta. Le dejé mil pesetas en el estuche de la flauta. Ni se dio cuenta.
Mi mujer me dijo: "¿Qué haces? ¿Estás tonto? ¿Cuánto le has dado?"
El hombre, advertido del importe por el comentario de mi esposa, recogió el billete y me dijo:
"¡Mil pesetas!¡Sí que has de tener gana de que me calle!"
Yo le respondí:
"No, por favor: lo que quiero es que no dejes de tocar".

Marian dijo...

Ahora tu pequeño buñuelo de crema (perdónanos, Clara) puede tocar para ti esa preciosa danza... yo creo que hiciste una buena inversión. Seguro que a vosotros dos no se os hubiera escapado toda esa belleza, no porque sepáis más o menos música, que no se trata de eso: como decía Dámaso Alonso, "la única manera de entrar al recinto es un afortunado salto, una intuición. Toda intuición es querenciosa, es acto de amor, o que supone el amor"