31 mayo 2007

Waldstein

...recibid de manos de Haydn el espíritu de Mozart.

Ferdinand von Waldstein


Piano de Beethoven en su casa de Viena. Fotografía de julialinda.


¿En qué nos gustaría, en caso de creer en la reencarnación, convertirnos cuando dejemos esta vida? Seguro que hay tantas respuestas como personas... Probablemente, si le hubieran preguntado al conde Ferdinand von Waldstein sobre una supuesta nueva vida, no hubiera contestado... “me encantaría reencarnarme en una sonata para piano.” Pero la historia le ha convertido en eso, en una de las más bellas sonatas para piano compuestas por Beethoven.

El conde Waldstein conoció a un jovencísimo aspirante a músico en su Bonn natal. Este joven Ludwig tenía un talento muy por encima de lo habitual, pero sus circunstancias familiares y económicas (es de todos conocido el grave problema de alcoholismo que padeció su padre) no eran las más adecuadas para que pudiera desarrollarlo en toda su plenitud. Así que se convirtió en uno de sus mecenas, y se encargó de enviarle a Viena para que estudiara con los compositores más importantes del momento y para que se rodeara de un ambiente más propicio para la actividad creadora. El primer viaje a Viena tuvo lugar cuando Beethoven contaba con tan sólo 17 años; pero duró poco: su madre estaba gravemente enferma, por lo que tuvo que regresar a Bonn al poco de llegar... pocos meses más tarde, su madre falleció. Varios años más tarde, en 1792, Waldstein convenció al patrono de Beethoven para que le dejara ir de nuevo a la capital austríaca a estudiar con Haydn. Él le sufragaría los gastos del viaje, la estancia y las clases... Sin haber cumplido aún los 22 años Beethoven marchó de nuevo rumbo a Viena, donde se instaló definitivamente. El conde le escribió: Querido Beethoven: va usted a Viena para realizar un deseo expresado hace ya tiempo. El genio de Mozart todavía está de luto y llora la muerte de su discípulo. Encuentra un refugio, aunque no su plenitud, en el inagotable Haydn. A través de él desea todavía unirse a alguien. Con su incesante aplicación, recibid de las manos de Haydn el espíritu de Mozart.

Años después Beethoven, en señal de agradecimiento, le dedicó su Sonata para piano en do mayor nº 21 Op. 53, una de las más importantes que escribió para este instrumento. Es una obra crucial, cuya composición está en conexión con los cambios y mejoras técnicas que estaba sufriendo el piano por aquellos años, y demuestra cómo Beethoven era capaz de tomar una forma clásica y ampliarla hacia nuevos horizontes desde el propio respeto a la forma. Es como su autor, sombría y radiante, tempestuosa y gozosa, exigente pero perfecta en su concepción pianística... escuchadla, y juzgad por vosotros mismos.

Sonata para piano en do mayor nº 21 Op. 53, Waldstein, interpretada por Wilhelm Kempff

1. Allegro con brio
2. Introduzione. Adagio molto-attacca
3. Rondo. Allegretto moderato


SÍ A LA MÚSICA





2 comentarios:

Antonio dijo...

¡Muchas gracias! HAy que ver, Marian, cómo estás al quite... No conocía esa cita de Waldstein, pero me parece preciosa: ¡de las manos de Haydn, el espíritu de Mozart! ¡Casí ná!.
Mi anciana vecina, no sé si porque la agilidad de sus dedos no era ya la necesaria o porque a ella le gustaba más así, hacía el allegro del primer movimiento un poco más pausado y se guardaba el estallido brioso para esa frasecita que repite con tanta elegancia... ¡Qué tiempos! Yo, al principio, pensaba que la música que oía procedía de un disco, pero el traqueteo de las teclas me lo desmintió. En diciembre de 1984, una faringitis me tuvo en cama durante unos días y la señora, oyendo mis constantes toses a través de las paredes, se presentó en casa con un vaso de leche con miel: así la conocí. Tuvimos en aquella mujer un refugio donde acudir cuando nuestra despensa -a final de mes- sólo tenía arroz y alguna lata de atún, cuando había algo interesante en televisión, cuando necesitábamos hablar por teléfono o cuando queríamos estudiar al calor de un hogar en vez de en un piso de estudiantes: las puertas de su casa estaban siempre abiertas y ella nunca dejó de sonreir. Supongo que no vivirá ya y, por tanto, sonará "Waldstein" por la inmensidad del cosmos. Yo echo mucho de menos el levantarme un sábado sin más ruido que el piano de Leonor.

Marian dijo...

Qué curioso que la señora en cuestión se llamaba Leonor... como el primer amor de Beethoven, como su única ópera... Mi primera profesora de piano de verdad (la del conservatorio que ostentaría ese título, no lo merece -ni profesora, ni de piano-) era una señora muy mayor, doña Antonia, que vivía con su hermana y que a pesar de su edad (yo creo que rondaba los ochenta) tocaba todavía estupendamente... quizás un joven estudiante escuchaba por las paredes de su piso toda la música que salía de su viejo piano, y empezaba a reconocerla y a apreciarla.

P.D. ¡Tengo teclado nuevo!